jueves, 2 de junio de 2011

REACCIONES "LÓGICAS" AL DICCIONARIO DE LA HISTORIA

Franco, bellísima persona

 05:30  

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Rafael Torres

Se comprende que si se le encarga la biografía de Franco a un franquista, el exgeneral traidor y sanguinario puede quedar como una bellísima persona. Con algún defectillo, eso sí, porque era humano pese a lo muchísimo que lo ­disimulaba, pero un tío estupendo, todo empatía, que se hinchó a hacer el bien y agradable la vida a sus compatriotas. Lo que, por el contrario, no se comprende es que el Estado haya subvencionado con más de mil millones de pesetas el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia que contiene esa hagiografía del sátrapa que se cisca en la verdad y ultraja a las innumerables víctimas del franquismo.
El autor de la entrada referida al personaje, que, junto a otros, sumió a España en una guerra devastadora de cuyas consecuencias no se ha recuperado aún enteramente, es un tal Suárez, cuyas credenciales hablan por sí solas: presidente de la Hermandad del Valle de los Caídos y colaborador de la Fundación Francisco Franco. A ese señor le ha puesto la Real Academia de la Historia a contar lo buena gente que era el susodicho, en ningún caso un tirano ni un dictador, sino, si acaso, algo autoritario. Así se escribe, al parecer, la Historia en las reales academias, echando mano de cualquier Suárez que lo mismo podía apellidarse Moa, aunque todo parece indicar que la elección no ha sido casual. Gonzalo Anes, el presidente de la institución que diseñó concienzudamente en su día el guión heráldico que habría de lucir el propio Franco en el coche que le regaló Hitler, ha calificado de «normal» la biografía apologética y ha sugerido que las reclamaciones se le hagan al maestro armero, o sea, a Suárez.
Pero no es sólo Suárez. El Diccionario Biográfico Español está trufado de falsedades, todas ellas encaminadas a denigrar la memoria de los leales que defendieron la legalidad de la II República Española. Así, el presidente de la nación, don Manuel Azaña, era un títere, la cara amable para el exterior de un régimen siniestro, y don Juan Negrín, eminente científico y presidente del Gobierno durante la guerra, un dictador. Semejante catarata de puerilidades e infundios no pertenece, sin embargo, a una obra para consumo interno del franquismo ni se ha editado con sus dineros, sino para consulta pública y con fondos públicos igualmente. Lo menos que puede hacer el señor Gabilondo, titular del departamento que ha librado recursos para la publicación de eso, es no añadir más daño, reparando en lo posible el que ya se ha hecho.

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