lunes, 29 de abril de 2013




             
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De niño, cada vez que tropezaba en un texto con la palabra “escrúpulos”, no sabía exactamente qué quería decir. En el diccionario aparecían los sinónimos “recelo”, “reparo” y “asco”, pero yo no acababa de aclararme, especialmente porque casi siempre se referían a ello en negativo. Una profesora me dijo que mi confusión era normal ya que los españoles habitualmente no usábamos los escrúpulos para nada, que comíamos de todo y que lo más probable es que ya naciéramos sin ellos. “¿Son como los testículos, señorita?” preguntaba yo, ingenuo de mí, ya que los testículos, tradicionalmente, también se empleaban casi siempre en negativo. “Más o menos” respondió ella. “Sólo que al revés”.
Hoy en día sigo pensando que aquella peregrina aproximación filológica no iba tan desencaminada. Porque mira que hacen falta cojones (y ningún escrúpulo) para montar en el quinto coño esas monstruosas factorías de la miseria donde los jornaleros se desloman en sótanos sin luz por casi nada y luego rebautizar pomposamente el invento como “deslocalización”. Por lo menos los romanos tenían la excusa de desconocer la Declaración de Derechos Humanos, esa breve obra literaria con la que la mayoría de los empresarios, extranjeros y españoles, sigue limpiándose puntualmente el culo.
En el derrumbre del taller de Bangladesh ha salido a la luz, entre unas condiciones laborales infrahumanas y unos cientos de cadáveres, el nombre de un empresario español, David Mayor, que ya está en busca y captura. Mariano puede sentirse orgulloso de que en el mismo mes la marca España haya brillado por derecho propio en el mundo al menos dos veces: una en Bangladesh y la otra en Boston. Dos ollas marca Fagor, dos perolos made in Spain, desmintieron de un bombazo la leyenda negra de la industria hispánica. Para que aprendan que en la península ibérica estamos a la última no sólo en las modas neoliberales de perpetuación de la esclavitud sino también en tecnología punta.
Cuenta Félix de Azúa en un hermoso libro de viajes cómo el célebre cristal de Murano dejó de fabricarse porque se descubrió que, durante el proceso de soplado, un polvo letal iba devorando los pulmones del artesano. Sin embargo, hoy día no es difícil encargar imitaciones baratas a traficantes sin escrúpulos que contratan a emigrantes turcos tan desesperados como para jugarse la salud a cambio de unas monedas y un permiso de residencia. Decía Azúa que una copa color rojo sangre para adornar una vitrina venía a costar entre cinco o seis mil euros, pero que lo que compraba el viajero caprichoso no era sólo un recuerdo de Venecia, claro, sino la vida de un turco. Hoy nuestros escaparates están llenos de balones de fútbol cosidos por niños esclavos, de espléndidas zapatillas deportivas manufacturadas por ancianas en cuchitriles fétidos, de pantalones vaqueros lavados a la piedra mediante novedosas técnicas para emular la silicosis, de miles y miles de calaveras humanas con marca y etiqueta.
                                             

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